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Jazael Olguín

La celebración de los 200 años del inicio de la Guerra de Independencia de México más la conmemoración de los 100 años de la Revolución Mexicana en 2010, fueron concebidas para apoyar y realzar la actual guerra contra el tráfico de droga que en gran parte ha significado la militarización de todo el país, el asesinato de más de 28,000 personas en los últimos cuatro años, y la criminalización o persecución de cualquier manifestación de protesta o activismo. Cualquier tipo de duda en contra de la forma en que el dinero fue utilizado por el gobierno para la celebración fue vista como una forma de cuestionar negativamente el alto honor del orgullo de la nación. Un matrimonio no anunciado oficialmente, pero evidentemente aceptado entre el administrador del Estado y los intereses de la clase empresarial fue la colaboración que hizo posible estas entretenidas e indignantes celebraciones nacionalistas. Los gastos absurdos que los financiaron fueron posibles gracias a las atroces reducciones que otros organismos gubernamentales (principalmente los culturales) sufrieron. Por otro lado, los recursos militares fueron aumentados históricamente por el partido de derecha actualmente en el poder (PAN), los cuales estuvieron relacionados a grandes compras de armas e inteligencia, servicios logísticos y aumentos de salario para toda la burocracia del ejército y la policía. Una apatía general mezclada con paranoia, debido al aire represivo instalado por el aumento de la presencia de los soldados a lo largo de las calles de todo el
territorio, es la forma en cómo la sociedad recibió el BICENTENARIO. Una parte crítica y muy herida de la sociedad, observó con descontento esta parafernalia nacionalista, pero sin duda la mayoría no se involucró en los movimientos de resistencia o cualquier tipo de activismo. El espectáculo oficial, la imagen oficial del estado en el que se encontraba el país era demasiado distante a la vida cotidiana. Una crisis económica, ambiental y social fue la realidad que los festejos conmemorativos querían ocultar; una operación que lamentablemente no recibió un contra ataque popular hacia esta manipulación mediática. Ni siquiera la ley presidencial aprobada para reprimir al Sindicato Mexicano de Electricistas y su empresa estatal (Luz y Fuerza del Centro) en el 2009 (que dejó casi 50,000 personas sin una fuente directa de ingresos en la parte central del territorio nacional; también uno de los peores ataques contra organizaciones de trabajadores en la reciente historia mexicana) no fue excusa suficiente para que las multitudes iniciaran la construcción de un movimiento enraizado. La amnesia general mezclada con una especie de terrorismo de estado y terrorismo mediático ayudaron al triunfo de las celebraciones del BICENTENARIO, sobre la memoria.

La resistencia contra eso fue vista sobre todo (por los medios de comunicación, el Estado, dirigentes de la Iglesia Católica y las corporaciones) como una actividad extraña y violenta, no aprobada por ninguna parte de la sociedad en general. Sólo la red existente de los movimientos anti-capitalistas no-institucionales asumió abiertamente la resistencia. La manipulación de la historia por parte del Estado era una forma para desviar las luchas revolucionarias hacia envases vacíos de entretenimiento aburrido. La difusión de esta doctrina a través del sistema de educación pública era uno de las tareas más importantes de las pasadas y presentes administraciones trataron de conseguir.

La anulación de contenido subversivo fue como las autoridades trataron la historia mexicana de la llamada Independencia y la Revolución. El Estado y las empresas centraron su atención en concentrar todo el significado del Bicentenario en los símbolos que controlan los valores nacionales. La bandera, el himno y el escudo fueron utilizados como los guardianes más importantes del orgullo nacional. La apropiación, la reproducción y la imposición de estas imágenes fueron los medios por los cuales el punto de vista oficial se distribuyó violentamente. Era necesario para nosotros dejar en claro nuestra postura política sobre este zeitgeist mexicano, como una actitud activa en contra del autoritarismo que reinó estas celebraciones. Nuestra postura principal era borrar los límites entre nuestro arte y las prácticas políticas, entendiendo que una resistencia simbólica era necesaria para confrontar a esta campaña oficial ciega y vacía. Hemos asumido una postura activa y crítica hacia el estado actual de México y cada acción fue una manifestación de rabia y descontento.

Identificamos "Vísceras de nación" ante todo como una experiencia que trabajó con la dislocación de símbolos nacionales y las posibilidades que podrían tener al deformarlos (actividad que es gravemente castigada por una ley especial con respecto a este tema). La modificación de la bandera nacional, el himno y el escudo a través del cambio de colores (de rojo y verde a negro) estaba destinada a desestabilizar el poder simbólico de las estructuras de la nación. Una nueva bandera fue presentada para comunicar el estado real del país que el estado oficial no cumplió; el otro lado de una Nación violenta con sus colores siendo ahogados a la distancia. Esta otra bandera se presentó para servir como una información simbólica que contra atacó la versión de la realidad apoyada por el estado/corporación. Pensamos en cada acción como un recordatorio de la situación del país y también como una manera de luchar en contra del olvido impuesto por aquellos en el poder.

El carácter público de todo el proyecto nos interesó porque hacer arte político contenido en un espacio institucional fue visto por nosotros como contraproducente para nuestros objetivos que eran en su mayoría tratar de llegar a cualquier público, no sólo el especializado que acude a eventos de arte contemporáneo. El hacer acciones públicas también nos expuso a lidiar con circunstancias reales en la calle, que fueron desde donde esta otra bandera apeló. Todos los eventos se centraron en la presentación de ataques a los símbolos impuestos por el Estado o instituciones gubernamentales en la esfera pública, porque nos negamos a realizar nuestro activismo dentro del campo de protección que un museo o galería nos ofrece. Existir públicamente era para nosotros existir políticamente.

Modificar ilegalmente la bandera (hicimos a mano más de cien) y entregarla a todo tipo de personas (amigos y profesores, personas que conocimos al azar en la calle o en el metro) era nuestra constante desobediencia a las tácticas de dominación oficiales. Las infiltraciones ilegales que hicimos en el interior de edificios gubernamentales fueron logradas gracias a la organización afectiva eficaz que los tres miembros del proyecto generaron. Estar dentro de la institución sin permiso para lograr agitar la bandera negra significó llevar nuestro gesto simbólico a tácticas reales subversivas. El himno mexicano es la estructura espiritual de la nación. La canción habla sobre todo acerca de la guerra y la sangre, grotescamente similar al estado actual de la nación. Todo el mensaje que este himno secular y sagrado ofrece, es servir y morir por las necesidades de la nación. El pulque (la más bebida más popular antes de la conquista española) nos sirvió como medio para deconstruir y en parte también destruir y olvidar los significados que apoyan al himno. Vomitar era una forma de lograr la purificación del cuerpo. Lo que nunca tuvo la intención de entrar al cuerpo, o algo que urgentemente tiene que salir, es por reacción natural expulsado. Cuando el contenido del vómito es expuesto puede ser identificado. El vómito es también un rechazo que denota una enfermedad anterior por exceso o intoxicación; en este caso el exceso de la rígida institucionalización que el proceso histórico ha sufrido. Cualquier cosa que confronta o incluso cuestiona este punto de vista oficial sobre la historia es marginalizado o silenciado a través del aparato estatal. Así es como las diferentes historias de México son convertidas verticalmente y de manera homogénea en una sola.

A pesar de que "Vísceras de nación" nunca tuvo la intención de igualar las capacidades estatales y de los medios de comunicación, estábamos seguros de no hacer una reproducción de actitudes pasivas y sumisas. La distorsión de los símbolos nacionales tiene el potencial de sacudir la estructura de dominación desde su núcleo. Este activismo simbólico y público fue nuestra forma libertaria militante para resistir el espectáculo del BICENTENARIO a través de nuestra práctica artística, sin la adherencia a cualquier partido o institución política. Vísceras de Nación es una serie de acciones en las que la noción de identidad y de los símbolos que la representan están en disputa.